Facundo, Argentina
Empecé a sentir malestar seis meses antes del diagnóstico, justo unos días previos a la muerte de mi papá por cáncer en sistema nervioso central.
Sentía mi abdomen inflamado y mucho cansancio, síntomas que se confundían con estrés al estar cuidando a una persona enferma y luego atravesar su muerte. Fueron largos meses con decaimiento, molestias y diagnósticos poco precisos. Un día mi cuerpo no aguantó más y me desmayé.
Ingresé a la sala de urgencias y me operaron dos veces en una semana, realizándome una hemicolectomía.
El diagnóstico llegó después de unos días, tras recibir los resultados de una biopsia. Me lo dió el cirujano que me había operado y se ocupó de ponerme en contacto con el oncólogo. Con ambos sentí mucha confianza y contención.
El mayor desafío fue tener que frenar, entender que no podía seguir mi vida cotidiana del mismo modo. Y que esa pausa no sería por unos días.
El segundo desafío más importante fue aceptar que debía dejarme cuidar.
El diagnóstico y el tratamiento me obligaron a aceptar que no puedo controlarlo todo y que la predisposición a sanar y confiar en el entorno es fundamental.
Mi bienestar tuvo distintos momentos, pero puedo decir que tres cosas fueron las principales:
-Confiar en el equipo médico, sentir que les importana mi vida.
-Contar con ayuda de mi pareja, hermana y amigos para sostener mi vida.
-Garantizar considiones económicas y de vida mínimas para que eso no sea una preocupación.
Siempre sentí el apoyo del oncólogo, lo cual permanece al día de hoy, porque si bien las quimio terminaron hace tres años, los controles rigurosos continúan. Se construyó una confianza muy agradable.
Sin embargo, en las diferentes instancias del tratamiento me he cruzado con profesionales que no saludan, que apenas dirigen algunas palabras mínimas y no demuestran interés ni respeto. Siempre pienso que no es necesario que se pongan en el lugar del otro, como suele decirse. Se trata, ni más ni menos, de que les interese nuestro cuerpo y existencia. Toda persona merece trato digno en las atenciones en salud.
A quienes tienen cáncer, les deseo un entorno que les permita sostener su día a día en lo económico, en lo afectivo y en las cosas mínimas de la vida. También que se refugien en pensar que ninguna etapa es eterna, sino comprender a la enfermedad como un momento más de la vida. Y si se trata de algo crónico, existen momentos de altibajos que nos permiten sentirnos vivos, porque la vida es contradicción constante.
Al sistema de salud, le deseo condiciones dignas para el personal, así puede realizar su trabajo con la predisposición que amerita. Muchas veces, las faltas de respeto que he recibido, venían de rostros con ojeras y agotados de tanto trabajar.
El consejo: conocer las historias de las personas, no limitarse a saber diagnósticos. Y si no las conocemos, siempre considerar que detrás de cada quien hay una trayectoria de vida que merece ser respetada, no juzgada.