Renata, Argentina
MI TRAYECTORIA
Ni todos los caminos llegan desde encrucijadas, ni a todos los caminos los elegimos nosotros. A veces hay rutas impuestas, que se plantan delante de nosotros y cierran con brutal fuerza cualquier salida. La absurda falta de elección y lo irreversible de caminar hacia la oscuridad es lo más terrible de la vida.
Cuando me enteré que tenía cáncer, lo único que pude hacer fue luchar. Desconocía todo lo que vendría por delante, pero estaba decidida en enfrentarlo. Cuando lo único que nos queda es ser fuertes, tener fortaleza no es opción, es certeza.
Las quimios y sus efectos colaterales, las cirugías, los estudios entremedio, la radioterapia, todos fueron ciclos que viví y superé con miedo y determinación. Me deparé con muchas piedras por el camino, las pateé, las salteé y las escalé, siempre siguiendo adelante. Para nosotros de Tierra del Fuego se suma la dificultad de la distancia y los viajes en consecuencia.
Por este trayecto no estuve sola. Me acompañaron física o emocionalmente mi familia y mis amigos. Presencias fundamentales para mantenerme fuerte y decidida. También se sumaron nuevas amistades, surgidas por la empatía y la complicidad. Personas que conocí mientras vivía el tratamiento, personas que pasaban por lo mismo que yo y entendían absolutamente lo que es vivir un cáncer.
Hoy, mirando hacia atrás, me sorprende ver la inmensidad de todo lo que viví. Aprendí con cada dificultad e incertidumbre y me enorgullezco de haber enfrentado ese desafío. Desistir no era una opción.
Todavía me quedan los controles y los nervios delante de cada resultado. También está la certeza de que no me voy a rendir jamás. Ahora entiendo que la vida misma es algo irreversible en esencia.
El cáncer cambió el rumbo de mi vida y de la vida de los más cercanos. No lo elegí, pero no lo negué. Lo viví y lo enfrenté con todo lo que eso conlleva. Siempre hay días de tormenta, pero hoy brilla el sol.